Megan tan solo tiene diecisiete años, aún es una niña, una niña que cualquier padre quisiera tener, es inteligente, amable, educada, guapa, inocente, habladora, alta, delgada de ojos verdes, cabellos largos, enredados entre sí, de un color dulce como el chocolate.
Solo le queda un año para ser mayor de edad, nadie lo diría ya que tiene rasgos infantiles, unos rasgos tan bellos, como si fuera un bebé, pero ya tiene diecisiete años, es mayor, así se considera ella.
Siempre riendo con una fuerza brutal, haciendo el tonto a todas horas sin importarle nada, tiene unas amigas estupendas, y una familia que la quiere y la apoya, es feliz, o al menos eso aparenta. Solo hay una cosa que no encaja con esta descripción, sus notas.
Este es el segundo año que repite curso, nadie se explica como una niña tan formal sea capaz de repetir.
Recuerda aquel año como si hubiera sido ayer, ese año tan malo en el que suspendió, se arrepiente cada día de no haber hecho caso a su padre cuando éste, le dijo que aquel instituto no le gustaba, pero como iban todas sus amigas, cedió.
Megan abandonaba su colegio, su parque, sus amistades, su casa, abandonaba su infancia al mudarse a un pequeño pueblo de las afueras, Stlezer. Un pueblo de doscientos habitantes, en verano repleto de gente, en invierno desértico, con piscina, algunos bares, canchas de futbol, tenis y baloncesto…un pequeño parque para los niños, una playa... Stlezer, acompañado de otros pequeños pueblos más, como Portback, donde estaba situado el instituto y los colegios, un pueblo mayor que el anterior, con varias playas, tiendas y muchos restaurantes, Constum también tenía playas, bares y tiendas, y lo mejor de todo…discoteca, y Brokavie, era una residencia con una playa preciosa, la más bonita de todos los pueblos.
Primer día de instituto donde no conocía a nadie salvo a su sombra que la perseguía constantemente, un día soleado, algo caluroso. Como en cualquier película, el primer día de instituto no es precisamente el mejor día de tu vida.
Vivía en una casa preciosa, enorme cerca del mar, con unas vistas increíbles, no estaba tan mal aquello, pero aún así, echaba de menos lo suyo, su vida, todo esto era diferente, no le gustaba.
Al cabo de unas semanas empezó a relacionarse con los chicos de su clase, eran agradables, pero se sentía más pequeña de lo que ya era alrededor de niños un año menor. En aquel momento eso ya no importaba, ella sola se había buscado esa situación, no había vuelta atrás.
Pasa ese año, pasa el otro, llega el verano, el verano de los quince, todo aprobado, unas amigas increíbles, tres meses para salir y divertirse, y para colmo, algo nuevo para ella, un novio, guapo, moreno, alto… se llamaba Isaac, el chico más guapo del instituto, Megan se sentía la envidia de muchas de aquellas adolescentes, las típicas engreídas que te sonríen por los pasillos y cuando te ven con aquel chico cuchichean entre sí sin apartar la mirada de aquella bonita y feliz pareja.
El verano pasó como un suspiro. Todas las mañanas se levantaba, se ponía el bañador, e iba directa a la piscina que tenía aquel bonito pueblo, así era ahora, todo perfecto. Después se iba a comer a casa, y en menos de dos horas ya estaba preparando la mochila para quedar con sus amigas e ir a la playa. No siempre era así, ya que tenía otras ocupaciones, un novio con el que quedar. Pasaban muchas tardes juntos en aquel parque de margaritas, donde se conocieron por primera vez. Reían, jugaban, disfrutaban de la vida que por fin para ella, era perfecta.
Por las noches se celebraban fiestas, las mejores fiestas que Megan había conocido, sus primeras fiestas, rodeada de gente, lleno de adolescentes, chicos guapos, chicas altas con tacones, deseando llegar a esa edad.
Una noche Megan disfrutaba de una de las fiestas, bailaba, reía, y probaba el alcohol por primera vez, al principio le desagradaba, pero descubrió los efectos que contenía, y empezó a pasarlo mejor, hasta que llegó a un punto en el que no se encontraba bien, algo le había sentado mal, la fiesta ya se había terminado para ella. Isaac la llevó a un lugar más tranquilo para que nadie la viera en aquel estado tan vergonzoso. Él se sentó en un banco y ella acomodó su cabeza en sus piernas abrigada por una chaqueta grande.
Durmió profundamente durante un par de horas, hasta que la luz del amanecer la despertó. Le dolía la cabeza, como si se hubiera dando un golpe, no se acordaba mucho de lo sucedido aquella noche, salvo los minutos antes de caer en un sueño profundo. Isaac la miró a los ojos con una enorme sonrisa, Megan, avergonzada le agradeció lo que había hecho por ella, y con unos segundos de miradas intercambiadas, él le dio un bonito beso, más largo de lo habitual. La acompañó a casa y allí se despidieron.
Era la primera vez que pasaba tanto tiempo con su novio, una noche entera, posiblemente maravillosa aunque la haya pasado durmiendo, pero estaba él, acompañándola en su primera borrachera. Isaac tenía dos años más que ella, y sabía lo que era pasar por aquello.
El resto de las fiestas apenas bebió, y disfrutó más, se dio cuenta que no se necesita estar bajo los efectos del alcohol para pasárselo bien.
Otros días se quedaba en casa cuidando de sus hermanos, Naiara la mediana, y Mikel, el pequeño de la casa.
Algo trastos fastidiaban a su hermana mayor haciendo travesuras, cosas de pequeños…”lo que era ser pequeño”, ya no se sentía así, tenia responsabilidades.
Pasado el verano, la relación duró tan solo dos cortos, bonitos e intensos meses. Como se suele decir “un novio de verano”. Había pasado tanto en tan poco tiempo… sentimientos expresados con apenas una mirada, un roce, una sonrisa, un beso… pero no todo es eterno. Megan triste por la ruptura, sintiéndose enamorada de repente, sin poder evitarlo le vienen recuerdos, y derrama lágrimas que absorbe su almohada. Quiere despertar de esta pesadilla, porque es una pesadilla y no la realidad, lo intenta, intenta despertarse pero es inútil, se da cuenta que está viviendo la cruda y dura realidad, de que no todo es como esperaba, ya no está en su burbuja de cristal, ya no es una niña.
Pasan los meses y sigue sin olvidarle, pero no es su única preocupación, ahora se le acumulan muchas más cosas, grandes discusiones con las amigas, notas pésimas en el instituto y diversos problemas en casa.
Aquellos meses habían sido perfectos, cada noche desea volver a vivir todo aquello, pero lo único que puede hacer es vivir de recuerdos, vivir en el pasado, lo que hace que el presente se esfume con el tiempo.
Megan no consigue aprobar todo y vuelve a repetir, otro año más tirado por la borda.
Después de diversas charlas con sus padres, intentando hacerla entender lo duro que es la vida, lo importante que son los estudios, que eso es lo único que tiene que hacer ahora, Megan se derrumba en un mar de lagrimas delante de ellos, éstos, atónitos, no saben cómo actuar, intercambian miradas con pensamientos similares, pero lo que sus padres no saben es que Megan no está pasando por una buena situación. Dolida, les explica la ruptura con Isaac, y las discusiones ahora habituales con sus amigas. Ambos la entienden y se funden en un profundo abrazo familiar.
Al cabo de un tiempo pensando, y dándole vueltas a todas las conversaciones con sus padres, una mañana se levanta decidida, se mira en el espejo y se dice a sí misma feliz y sonriente “Veamos lo que te depara el futuro señorita.”



